Opinión: Lo que no debe hacer la oposición venezolana

Varios columnistas advierten a la oposición venezolana sobre la necesidad de evitar errores del pasado. Se enfatiza la importancia de un filtro riguroso para seleccionar a sus miembros, excluyendo a personas con pasados dudosos para construir bases sólidas y asegurar que las malas acciones tengan consecuencias.
Opinión: Lo que no debe hacer la oposición venezolana

Opinión: Lo que no debe hacer la oposición venezolana La oposición venezolana vuelve al mismo cruce de caminos: o filtra a fondo a sus cuadros o repite los 27 años de errores que ayudaron a afianzar al régimen. No es un debate sobre ideología, sino sobre limpieza interna y consecuencias reales para quienes jugaron a dos bandas.

Una oposición que no se opone

Desde la propia acera opositora se lanza la alerta: el régimen se sostuvo porque supo explotar “la ambición, ignorancia, falta de moral, sentido de pertenencia y compromiso país” de muchos opositores, hasta convertirlos en parte de una “oposición que no se opone, cohabita”. La crítica va dirigida a partidos que llenaron sus filas con “personas negativas, comprobadas, con hojas de vida manchadas y hasta con prontuario judicial abierto” bajo la excusa de que “en tiempos de elecciones hay que agarrar de todo”.

En esta visión, la metáfora es brutal: “una casa no se puede cimentar con materiales podridos, oxidados, de mala calidad porque no se mantendrá en pie”. Traducido a política: sin depuración ética, no habrá transición que aguante.

Amplitud sí, amnesia no

Los mismos columnistas marcan, sin embargo, una línea de contraste dentro de la oposición. Defienden ser “amplios” y permitir sumarse a “gente valiosa que quizás en su afán de aportar algo hayan sido parte en procesos viciados como los de 2025”, pero dibujan una frontera roja frente a quienes “han apostado y trabajado por el fracaso de este proceso” y ahora buscan “lavarse la cara” y “adherirse a estructuras que buscan fortalecerse ante la escasez de material humano”.

Así, una corriente apuesta por el pragmatismo electoral de “agarrar de todo”; la otra exige un filtro riguroso y advierte contra los “cascarones vacíos” tomados por actores tóxicos. Coinciden en que hace falta sumar; chocan en el cómo y el quién. La pregunta de fondo es incómoda: ¿quiere la oposición mayoría a cualquier precio o una mayoría que no se venda al mejor postor?

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